
Soy incondicional de unos pocos cineastas cuyas películas voy a ver siempre porque, con mayor o menor acierto, tengo garantizado que me van a aportar algo. La última en sumar a esa reducida lista ha sido Alauda Ruiz de Azua y no tanto desde su aclamada “Cinco lobitos”, sino desde la serie de Movistar “Querer”. Así que he aprovechado la primera oportunidad que he tenido para ver “Los domingos”, que además cuenta con el aliciente de haber obtenido la Concha de Oro del último Zinemaldi.
No me he equivocado. Tras unas escenas iniciales titubeantes, en que ciertos problemas no sé si de sonido o dicción me han hecho temer que no me iba a enterar de parte de algunos diálogos, la película enseguida se ha apoderado de mí y me ha maravillado, una vez más, la mirada de realismo desnudo sobre los entresijos de la vida de Alauda y su capacidad para poner en pie una película sólida con poca base argumentativa, pero bien apoyada en los procesos personales de los personajes. Una película que emociona y hace pensar a la vez, de forma que, cuando llegan los créditos finales, deja titubeante al público sobre si debe aplaudir o mantener el respetuoso clima de silencio que deja su final.
Es una película con un doble mérito: no dejar indiferente a nadie, por lo que son abundantes los comentarios y posicionamientos de los asistentes, mientras salen de la sala y continúan con sus reflexiones en el exterior. Y lograr despertar ese interés a partir de una historia de vocación religiosa en estos tiempos de indiferencia laica e incluso de beligerancia laicista.
Todas las posturas caben en la película, aunque creo que no todas con la misma dignidad, por tanto, no todas en el mismo plano de igualdad. En las entrevistas que calentaban motores ante su estreno en cines, la directora aseguraba su propósito de haber sido respetuosa con todas las opciones, pese a que su postura personal es la increencia. Sin embargo, creo que no ha podido evitar que esta perspectiva sea la dominante, como seguramente este comentario no puede evitar hacerse desde la mía propia, como creyente. Quizá es mucho pedirle a quien no es cercana al paradigma creyente —aunque debo aceptar que no hay uno solo— que haga un buen reflejo de este, libre de prejuicios.
La película no es meramente descriptiva, ni meramente narrativa. Pese a su propósito declarado, no puede evitar una mirada sobre los hechos que lleva a la mayoría de espectadores que son increyentes a confirmarse en que la religión es una comedura de coco y a algunos creyentes a removerse incómodamente en el asiento. En efecto, el punto de vista religioso presentado está muy caricaturizado: es irracional, fideísta, fundamentalista, acrítico y más propio de una secta, pese a que el padre de la protagonista diga en un diálogo que la Iglesia no lo es. Las preguntas intrusivas del director espiritual y de la madre superiora en el acompañamiento del discernimiento vocacional pueden ser fiel reflejo del daño que se ha hecho, todavía en épocas cercanas, con muchos procesos manipuladores de conciencias, algunos de difícil reparación.
La presentación de la fe que se hace en la película es de difícil digestión para el espectador creyente con una fe adulta, pues una fe adulta nunca puede prescindir de las condiciones psicológicas de la persona, ni obviar el carácter proyectivo y megalómano a que se presta todo lo religioso, ni aceptar una ansiedad proselitista por captar vocaciones, sin dar lugar a los necesarios procesos de maduración y personalización de la fe. Por otro lado, salvo espacios muy endogámicos, que de todo hay en la sociedad, esta presentación de la vocación religiosa tiene un punto de anacronismo al menos en el contexto vasco secularizado, donde muchos centros religiosos no se plantean una pastoral vocacional, sino como mucho ser un espacio de “educación en valores”. En nuestro contexto, no es muy creíble la entrada en el convento y la profesión religiosa a los 17-18 años.

Sin embargo, sí es muy de agradecer el “dibujo” de los personajes más representativos de las diferentes opciones, explicadas en buena parte a partir de su mochila vital: la pusilanimidad de un padre fracasado, a quien liberarse de la hija le alivia de no tener que hacer frente a la falta de aceptación de esta hacia su nueva pareja; la sensatez inicial de la tía que evoluciona a lo largo de la película y termina en un dogmatismo de nuevo cuño, proyectando quizá en la sobrina su insatisfacción por su vida de pareja y tal vez como mujer; y, desde luego, la adolescente, que proyecta en Dios su orfandad de madre y su deseo de “padre” terrenal y que entra en el convento sin enfrentar su relación con lo masculino. Desde todas las posturas hay proyecciones y problemas sin resolver. Lo de menos en la película es el final, sino el reflejo en los personajes de esos dramas íntimos poco confesables que nos explican a las personas.
Finalmente, entre los méritos de la película quiero destacar la altura interpretativa del elenco de actores y actrices, con especial mención de Blanca Soroa, de Patricia López Arnáiz y de ese valor seguro que siempre supone contar con Nagore Aranburu. Y, por supuesto, no se puede pasar por alto, el acierto en el cierre de la película haciendo un contraste entre lo auditivo, con el coro que interpreta “Aitormena” de Hertzainak como canto a la finitud humana, y lo visual, con las imágenes de la consagración religiosa de la joven protagonista. La proximidad cultural que siente el público hacia lo primero frente a la extrañeza que le produce lo segundo forma parte del cuestionamiento de si la película ha querido, sin más, dejar una pregunta abierta al público.
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