NOLAKOAK GAREN!

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¡A la calle!

¿Cómo vives, querido lector o querida lectora, la deriva que está tomando nuestro mundo? ¿Te preocupa, pero no sabes qué hacer? ¿Prefieres refugiarte en tu “hueco vital”, un poco a modo de los avestruces? ¿Quizá te sientes muy distante y desencantado con las instancias de poder y prefieres exculparte y disfrutar de la vida que son dos días? ¿Tal vez las preocupaciones del día a día, algunas verdaderamente agobiantes, no te permiten dar más de sí? Podemos sentirnos más de cerca de una situación vital o de otra. Lo preocupante es que, por unas razones u otras, terminemos cayendo en un inmovilismo resignado.

Desde el mes de enero, más exactamente desde el relevo en la Presidencia de EEUU, periodistas, analistas, politólogos, geoestrategas y demás no paran de hablarnos del fin de un mundo que nació al finalizar la Segunda Guerra Mundial, que podía haber tomado un rumbo más reconciliado tras la caída del muro de Berlín, pero que con la aceleración del capitalismo y sus derivados económicos, el neoliberalismo, y culturales, el posmodernismo, nos han conducido a la encrucijada actual, que no pinta nada bien.

Algunos nos sentimos en un bocadillo y nos cuesta no quedar atrapados dentro. Veo analistas que llaman al rearme de lo que hemos proclamado como valores de Occidente, a la defensa de nuestras democracias liberales. El auge de las ultraderechas apela al combate, ideológico al menos. Veo a otros analistas, en cambio, a la expectativa del alumbramiento de algo nuevo, quizá un mundo multipolar, dispuestos a ser indulgentes con las boutades de los autocrátas del mundo, particularmente de ese con ínfulas imperialistas que acaban de elegir democráticamente (¡ay nuestras democracias!).

Muchos suspiraron por la victoria del Partido Demócrata en EEUU. Supongo que hubiera sido el mal menor… O quizá hubiera sido la prolongación de la gangrena del mundo occidental, sumiso a los EEUU, de su imperialismo buenista (el de ahora al menos es “malo-malo”, sin hiopocresía), del atlantismo, del pensamiento posmoderno único instalado en Occidente, de democracias formales cooptadas por los poderes financieros, de las corporaciones capitalistas biempensantes y “progres” que nos han abducido y fragmentado, hasta el desdibujamiento.

Pero aborrecer una manera caduca y mentirosa de entender la realidad, no obliga a arrojarse en brazos de la nueva realidad emergente de la mano del nuevo emperador Trump. Nada bueno puede venir de su mentalidad imperialista, de su Pax Romana, de su falta de escrúpulos, de su alianza con los oligarcas tecnológicos, de su cobertura a los autoritarismos que florecen por doquier.

No se trata de equidistancia, tampoco de medir los kilómetros que me separan de un enfoque y de otro, porque cuando la distancia se ha hecho demasiado grande, pierde valor significativo. En definitiva, me niego a tener que elegir entre la Coca-Cola y la Pepsi-Cola, entre dos males muy malos.

Como en las grandes coyunturas, en la actual también se ofrece una oportunidad para el despertar de la ciudadanía. Por mucho que suene a utópico —y lo es— es hora de movilizarnos, aunque sea desde lo pequeño y sin un buscar el resultado inmediato. Movilizarnos como lo hicimos en la Guerra de Irak, como lo hicimos contra ETA, como se hizo en el 15M y como lo hemos hecho, más tímidamente, contra el genocidio palestino.

Quizá tengan que empezar unos pocos, pero tejiendo complicidades y, sobre todo, buscando un denominador común. Hay elementos que pueden ser aglutinantes como la lucha por el cambio climático, la defensa de los derechos humanos, el feminismo… pero me temo que abarcar mucho, puede impedirnos apretar poco y, sobre todo, nos puede enredar en las eternas disputas ideológicas que tanto debilitan. ¿Dónde, pues, encontrar la causa que permita el abrazo común? Pues en esta coyuntura no encuentro otra mejor que la resistencia al belicismo, al incremento del presupuesto para defensa, etc. Puede ser el factor aglutinante del momento.

Desde mi modestísima posición, arrojo este guante para que organizaciones sociales lo recojan y nos convoquen las veces que sean necesarias. La movilización ciudadana dignifica, reconcilia con el ser humano, fortalece la esperanza y, en este caso, debe plantar cara a la mediocridad de líderes que tenemos en Europa —y no tan lejos— que se lo pasan cacareando mucho ante el gallo nuevo que ha entrado en el corral, pero que no van más allá de querernos arrastrar a dinámicas militaristas poco imaginativas. «A la calle que ya es hora de pasearnos a cuerpo…” (Gabriel Calaya).

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